
Siempre he creído que las grandes obras de Hitchcock no están relacionadas con el misterio y el suspense, sino con las grandes historias de amor. Desde Encadenados, en el que Cary Grant arroja a la mujer que ama (Ingrid Bergman) a los brazos de un Claude Rains terrorífico, pasando por la relación imposible entre James Stewart y una mujer muerta en Vértigo, y por supuesto, por la historia de un señor accidentado que ve un asesinato desde su ventana y que huye del matrimonio (de hecho, la única posibilidad de que su novia se ponga un anillo de compromiso es cuando lo coge de la vecina supuestamente asesinada) en La Ventana Indiscreta.
La fuerza de esta secuencia de Vértigo (que yo creo que es una de las mejores del cine) está en su significado y en su narrativa.
Tras fallecer la mujer que ama (Madeleine), James Stewart encuentra a una chica de vida dudosa que es prácticamente igual (Judy) y que vive en un hotelucho de mala muerte. Stewart convence a Judy para que se transforme en Madeleine, con un traje igual, con el peinado... Un deseo patético sólo superado por el amor de ella, que accede a todo este juego con tal de que él la ame.
Al comenzar la secuencia, la transformación está casi completada. Sólo hay un pequeño problema con el peinado, Judy tiene que recogerse el pelo. Cuando lo hace, James Stewart puede revivir el beso de amor con Madeleine en las caballerizas.
Ese es su significado.
Pero Hitchcock arriesga. Hace que la espera de Stewart sea larga, sin elipsis temporales. Los espectadores esperamos con él, ansiosos por ver la transformación completa de Judy a Madeleine. El momento es claramente onírico, entre otras cosas porque cuando ella se ha metido en el baño ha atravesado una extraña luz verde (el neón de la calle da un tono verdoso a toda la habitación, pero la puerta del baño parece ser un punto especialmente fuerte) y cuando sale, el color es tan brillante que parece, realmente, una aparición de entre los muertos. A Hitchcock le gustaba decir que, en realidad, lo que ella ha hecho es completar su desnudez.
Los planos son largos y la música de Herrmann (que en esta secuencia demuestra porqué lo adoro y porqué creo que era el número uno) crea el estado de ánimo, la espera, la ansiedad, la sorpresa... con sus trémolos, su crescendo y su gran tema de amor.
La mirada de Stewart cuando por fin ve a Madeleine merece un párrafo aparte. Realmente, él está viendo a la mujer que ama, está viendo a una muerta. La mirada se apoya en un travelling fantástico de acercamiento que es marca y firma ineludible del director inglés, aunque los más jóvenes asocien este movimiento de cámara a Spielberg.
Y de repente, el beso (el primer beso de amor de Stewart desde que Madeleine murió): un beso complejo que Hitchcock grabó en estudio y en donde tres elementos se mueven al mismo tiempo: los protagonistas, la cámara y el decorado. El resultado, tantas veces copiado en la actualidad, es una imagen que pertenece más al mundo de los sueños que a la realidad.
Puro cine, amigos míos, puro cine.