Contento con los premios: Alberto Iglesias con La piel que habito, el gran José Coronado (que ya era hora de que le dieran premio a este actorazo), Enrique Urbizu demostrando que es uno de los mejores directores de cine español que existen...
La Gala ha sido bastante sosilla, sin ser insultante. Eva Hache con poca gracia, un número musical de vergüenza ajena y filtrándose en las películas en un gag demasiado asociado a la gala de los Oscars. Y encima, no ha faltado el espontáneo que se cuela todos los años... que esta vez se ha colado en el escenario DOS VECES. Una de ellas, incluso a hablado unos cuantos segundos... Terrible.
Pero si escribo esta crónica anodina no es para hablar de lo bien que han estado entregados los premios ni lo sosito de la gala, sino por el completamente erróneo y disparatado mensaje que ha lanzado el Presidente de la Academia, D. Enrique González Macho.
Antes que nada, debo decir que respeto a este señor. Creo que, de verdad, no hay nadie que sepa más que él de los entresijos del negocio cinematográfico. Y a él le debemos gran parte de las películas no-americanas que nos llegan a España... pero su discurso ha estado obsoleto y completamente erróneo.
Decir que, hoy por hoy, Internet no tiene nada que decir sobre el negocio cinematográfico... que en el futuro sí, pero hoy no... eso amigos, es un desastre... Intentar desvincular el negocio del cine de Internet es agachar la cabeza y esconderse ante el problema. Es evidente que muchas personas estarán de acuerdo con esa idea, sobre todo las más mayores, que son las generaciones que no se dan cuenta de que con un pequeño click accedo a una película en mejores condiciones que pagando en una sala de cine.
Hoy día, negar la existencia de que el negocio audiovisual pasa por Internet es retrasar aún más lo inevitable. Y deja patente que el público está más avanzado que las propias personas que gestionan el negocio. Una idea devastadora que hace que me sienta terriblemente mal.
Lo digo yo, que no soy un rata y me gasto el dinero en Internet. Yo, que tenía cuenta en Megaupload. Yo, que tengo cuenta en Spotify. Yo, que cada mes pago algo y que gustosamente pagaba por un buen servicio de cine. Y yo tengo que descargar películas de forma gratuita porque no tengo alternativas (la otra alternativa es no verlas).
Y González Macho dice que el negocio del cine e Internet todavía no tienen nada que decirse. Pues sigamos pensando así y ya verá que algún día... algún día será demasiado tarde y, como todo hijo de vecino, me habré acostumbrado a que las películas sean gratis. Tiempo al tiempo.
Y tras tan esplícito título, así dieron comienzon los Bafta de este año, con un homenaje a James Bond. Tom Jones está mayor, pero... si esto no es una canción como Dios manda...
Tengo una relación amor-odio con El Violinista en el Tejado. Creo que las canciones son buenísimas (mi devoción por Matchmaker, Do you love me? y sobre todo Sabbath Prayer, es incondicional). Y es probable que si viera el musical en directo me emocionaría. Mi problema vital es con la película.
No me gustan los excesos de Topol, que aunque esté realmente bien en la película (y más teniendo en cuenta que tenía 35 años y no la edad que aparenta) siempre he creído que lo que piensa su personaje es muy diferente a su forma de actuar. Pero dado que Youtube me brinda la oportunidad de ver a Topol en el teatro, me da la sensación de que el problema reside exclusivamente en la película.
Y las películas excesivamente teatrales, que no han sabido buscar soluciones cinematográficas, me molestan. Esto es, desgraciadamente, cada vez que Topol habla a la cámara: mucho metraje. En algunas ocasiones, el personaje habla con Dios (que es un recurso vil para hablar con el espectador) pero en otras, nos habla a nosotros para contar la historia (como en la canción Tradition que abre el musical). Hay películas en las que esto (que es muy complicado) funciona. Aquí funciona a ratos aunque irrita el abuso sistemático.
Norma Jewison, que en contra de lo que pueda parecer por su apellido, no es judío, tampoco creo que sea la panacea como director. Tiene alguna obra maestra como Hechizo de luna, pero jamás podré olvidar que fue la persona que perpetró la película de Jesucristo SuperStar (que era, de verdad, difícil hacerla aburrida, pero él lo consiguió).
En cualquier caso, el material de partida era una buena historia y unas canciones magníficas. Y la película, con todo, tiene momentos deliciosos. Eso sí, me hubiera encantado saber que habría pasado si el personaje principal lo hubiera encarnado Zero Mostel, un actor que NO me gusta nada.
Sobre Zero Mostel...
Para los que no lo sepan, Zero Mostel es el actor original que encarnó a Tevye. Cuentan las crónicas de la época que Mostel se comía el escenario. La obra la personalizó tanto que cuando Topol, que un tiempo después la estrenó en Londres, fue a verla a Broadway salió espantado de todos los chistes y morcillas que había introducido.
Vale, no me gusta nada lo que conozco de Zero Mostel, pero resulta que su verdadero éxito radicaba sobre el escenario. Dicen que era de morirse de risa, que cogía al público y no lo soltaba. De hecho, en sus primeros años hizo su fama asistiendo a eventos sociales y fiestas en las que se le pedía que hablara un rato, a modo de actuación.
Y todo lo que no me gusta de Mostel en el cine... resulta que era un señor como la copa de un pino: hablo de cómo se rió del tribunal en plena Caza de Brujas. Mientras otros compañeros delataban a compañeros comunistas, él directamente rechazó al tribunal de forma tan enérgica que, incluso, se escribió una miniobra de teatro sobre la actitud heroica de Mostel en plena Caza (fácil de encontrar en Youtube).
Una noche, al salir del teatro, se encontró con Elia Kazan. Se fueron a tomar unas copas y cuando Elia le contó sus desgracias, Mostel le puso la mano sobre el hombro y le dijo: "Elia, no tenías que haber denunciado a nadie".
Más espectacular es la historia de Jerome Robbins. El gran coreógrafo, conocido por ser el artífice de decenas de musicales, incluida la versión cinematográfica y teatral de West Side Story, fue una especie de Elia Kazan con el mundo del teatro. Se presentó en el tribunal y denunció a cuantos pudo por ideas comunistas, haciendo que gran parte de actores, actrices, guionistas y directores del mundo del teatro no pudieran trabajar durante décadas
Sin embargo, cuando hubo problemas con Golfus de Roma, decidieron que la persona que tenía que arreglar el desaguisado era Robbins. Conociendo la actitud de Mostel ante la Caza de Brujas, le llamaron y le preguntaron si tenía algún inconveniente en trabajar con él. Su contestación fue antológica: "¿Me preguntas si tengo que cenar con él? ¿Tomarme un café? Porque si es para trabajar, nosotros, los de izquierdas, no hacemos listas".
El día que Robbins se presentó al ensayo a todo el mundo se le heló la sangre. El silencio incómodo lo eliminó Mostel diciendo algo divertido a Robbins. Tras las risas, comenzaron a trabajar.
Mostel había tenido tanto éxito con El Violinista que nadie dudó que el proyecto cinematográfico lo haría él. No en vano, no sólo lo representaba en el teatro sino que procedía de un ambiente tan judío que cuando se casó en segundas nupcias con una "gentil" fue expulsado de su familia. O sea, había vivido la historia de unas de sus hijas en la ficción en sus propias carnes.
Sin embargo, Jewison no estaba convencido. Sólo cuando fue a Londres y vio a Topol sobre el escenario, se dio cuenta de que Tevye ERA Topol, provocando un malestar generalizado por la elección. A Mostel le sentó fatal, pero como cuenta Topol en una entrevista, no fue suficiente para romper la amistad entre ambos. Lo dicho, Mostel no me gustaba como actor pero era un auténtico señor.
Sigo con la historia...
Sólo quedaba un cabo por atar: la música. Y aquí es donde un joven John Williams juega su gran baza. No sólo reorquestó canciones y dio cierta unidad temática, sino que compuso una serie de enlaces y unas cadencias de violín que, aún hoy en día, son partituras codiciadas para los que estudian el instrumento. Su labor le otorgó su primer Oscar como "Score Adapted" (premio que hoy no existe). Al ver la película, no me cabe duda de que gran parte de su éxito se debe a la labor ejercida por Williams.
En el último BluRay editado del film, podemos ver a las tres hermanas ya mayorcitas hablando a cámara sobre lo relajado que fue el rodaje que, entre unos y otros, cuentan que fue divertidísimo. Mucha gente jóven en Yugoslavia y sin problemas de tiempo y presupuesto. Los recuerdos son tan buenos que las tres llegan a llorar delante de la cámara recordando estas historias. El director confiesa que el mayor problema que tuvo es que hacía demasiado calor en pleno invierno, por lo que toda la nieve es artificial.
La nota triste la pone la actriz que hace de esposa de Topol. Se le descubrió un cáncer cuando hizo la película, aunque sólo unos pocos lo sabían. Murió un par de años más tarde.
El Violinista en el Tejado es una película que, con sus más y sus menos, debe verse. Su primera hora y media es magistral, la segunda hora y media es más triste, más dura... y viendo algunas escenas eliminadas, he descubierto que hasta Starsky (Paul Michael Glaser) tenía una canción, eliminada por anodina (y que diablos, la película ya dura tres horas).
Pero siempre quedará la duda: ¿Qué habría pasado si Mostel hubiera hecho el protagonista?
Me fascinan los mecanismos de la información. Cuando leo la prensa no dudo nada de lo que me cuentan, de lo que leo... por dos motivos: ¿por qué iba a mentir un periodista cuando lo leen miles de personas y es fácil pillarlo en un dato mal colocado? Y en segundo lugar, porque no me entero de nada y soy medio tonto en prácticamente todas las cuestiones que realmente importan.
Por otro lado, si en una información de cine o de algún campo macrofriki que me guste (desde Mazinger Z hasta la irascibilidad de Groucho Marx) leo algo que no es correcto, me pongo de los nervios porque todo el castillo de naipes de la prensa cae ante mis ojos: si veo tantos errores en los reportajes que comprendo, en los que no controlo, me deben engañar como a un chino.
Y ocurre todo este rollo patatero de Megaupload. Ya saben mi opinión sobre el tema, pero si tú, que lees esto, estás de acuerdo con que cierren el servicio, chico, respeto tu opinión. Yo era Premium y no sólo descargaba series y películas sino que además, tengo la mayoría de los anuncios que he hecho para televisión en la nube. ¿Había una forma mejor de pasarle un anuncio de un giga a un cliente sin llevarle un DVD físicamente? No. El FBI tiene 50 anuncios míos capturados.
Y ni siquiera quiero hablar de esto. Quiero hablar de cómo se ha torcido la información, como se ha manipulado tan hábilmente que, en vez de cabrearme, me ha dejado impresionado el poder de los medios. En pocas horas, pasamos de plantearnos si el cierre de Magaupload era bueno, legal, malo, horroroso o si era el fin de una era para... hablar del avión del tipo, de lo gordo que está, de su pasado truculento, de fiestas - incluso de orgías- y de las mentiras que contaba...
Y de repente, en mi entorno de trabajo, ya se levantan voces contra Megaupload porque "el tipo se ha hecho rico a costa nuestra", "porque es un depravado", "porque sus chaquetas son de tal marca" y "porque, de verdad, está muy gordo". Y la prensa habla de lo mal tipo que es, casi desagradable... y ya nadie duda de que Megaupload es malo. Porque el tipo es gordo.
PD: Mis spots los tiene el FBI. Me disculpo ante ellos: son anuncios flojitos, de bajo presupuesto y sólo se ven en las Islas Canarias. Hasta el otro día, era información casi personal. Hay muchos archivos que ni siquiera están terminados... eran avances para ver si la línea que tenía el anuncio le gustaba al cliente. Y posiblemente, no me acuerdo bien, puedan encontrar algún archivo comprimido con unas fotos de las pasadas vacaciones (y a lo mejor alguna foto del Festival de Úbeda. "Síííííí, estoy con Michael Giacchino").
Si el dueño de Megaupload fuera guapetón y, por ejemplo, le hubieran dedicado una película tipo La Red Social, tendrían que haberse inventado otra excusa para desviar la atención. Han tenido suerte: no nos gustan los gordos.
Ayer, como un niño de 14 años, volví a vivir la emoción de los Oscars. Y sinceramente, estoy cansado de todos esos que dicen "este año no los veo" y "las nominaciones han dejado demasiada gente fuera". Señores, los Oscars son lo que son: la mejor fiesta que rodea al mercado del cine. No se premia lo mejor, ni están todos los que son, pero todos los actores se ponen sus mejores galas, saben lo que se juegan ante un público de mil millones de espectadores y el espectáculo es eso: espectáculo con mayúsculas.
Y sólo pensar en los montajes musicales y visuales, se me pone la piel de gallina.
Y las películas, al contrario que otros años, tienen el apoyo del público. Prácticamente todo el mundo adora El Artista, y creo que todas las demás películas son fantásticas, incluida MoneyBall (y es que normalmente odio las películas de béisbol).
Para más inri, doble nominación de Williams y una nominación a la absolutamente extraordinaria canción Man or muppet de la nueva película de Los Teleñecos (los que siguen Como conocí a vuestra madre la disfrutan más todavía) en la que actúa la cada día más grande Amy Adams.
Para mi, las galas de los Oscars son una tradición. Las veo desde el año 1.983, aunque en directo riguroso desde el año 1.985. Y me las sé casi de memoria porque las veo y las reveo. Y me acuerdo del magnífico clip de Irene Cara, de la primera vez que oí cantar a Bernadette Peters o del cuarteto que presentaba la gala del 83 (tres de ellos, ya desaparecidos): Richard Pryor, Walter Matthau, Dudley Moore y Liza Minelli.
Y me acuerdo del bombo y platillo que se le dio a Volver a Empezar, la película de Garci (que con sus cursiladas, sigue siendo fantástica). Y de recuerdo en recuerdo, he llegado al magnífico prólogo de El crack, que es la gran película de Garci.
Y es una secuencia muy representativa de lo que es el cine de Garci (y que, aunque lo suelo criticar bastante, es evidente que me gusta) porque tiene todas su grandes virtudes y todos sus grandes defectos. Entre sus virtudes, un tempo y una planificación de Escuela de Cine. Entre sus defectos, el exceso de verborrea en los actores secundarios y el maldito doblaje (doblar una película española al español es un error, mire por donde se mire. Y lo de Encarna Paso en Volver a Empezar es de juzgado de guardia).
Pero la planificación y la historia es tan exquisita que da gusto ver la secuencia. Los que no han visto la película que no esperen más, pero pueden ver la secuencia porque es, como en Indiana Jones o en James Bond, una pequeña aventurita antes de que empiece la historia de verdad. Presentan al duro detective Germán Areta.
Y puestos en su contexto: era impensable que las películas españolas de la época fueran así. Era impensable que Alfredo Landa hiciera un papel de estas características. Era impensable que en una película se hablara de boxeo y se jugara al mús. Y era impensable que la Gran Vía pareciera un barrio más de Nueva York. Todo en El Crack es nuevo en el cine español, aunque sea viejo y huela a humedad.
Y hay dos movimientos de cámara que me fascinan: el de 1:12, no sólo por la elegancia sino porque muestra como el detective se percata de toda la historia pero sigue a su rollo. Y, por supuesto, la pequeña grúa de 4:38 en donde culmina la aventura. No se puede narrar mejor.
Un alma caritativa ha subtitulado el monólogo, aunque el inglés de Gervais es clarito. en este subtitulado no se pilla el doble sentido de "El Castor" de Jodie Foster. Pero es lo que hay.
Gervais, tan brutal, tan simple, tan sincero... hace que la comedia parezca sencilla y sin embargo, una vez que comienza a hablar, uno no puede dejar de mirar y reir. El espectáculo en su esencia más pura: un tipo de pie y un micrófono.
Billy Wilder, que es un bonito nombre para empezar un post, decía en su magnífico libro-entrevista que se deberían hacer remakes de las películas malas, las que se pueden mejorar. Las buenas, ni tocarlas. Yo creo que es un consejo memorable que Hollywood se salta a la torera intentando hacer nuevos éxitos de éxitos del pasado.
Dicho esto, lo que viene a continuación puede crear cierta polémica, pero a mi me gustó bastante la primera película, la sueca, de Los hombres que no amaban a las mujeres. Y no hablo de la segunda y tercera que son más flojitas y con una aire televisivo que me molesta profundamente.
Pero la versión sueca no sólo estaba bien realizada sino que tenía esa atmósfera malsana tan poco habitual en una película americana. Pero era mejorable y para eso, los americanos del norte que se dedican al cine, son unos genios.
Y sin embargo, he salido del cine defraudado.
Que David Fincher es uno de los mejores directores actuales no me cabe duda (la realidad es tan cruda que tampoco tiene demasiada competencia). Creo que es un tipo astuto como narrador y que cuando el guión está a su altura es capaz de escupir una obra maestra como Zodiac. Y me dejó literalmente tirado en la butaca de cine con sus movimientos de cámara imposibles en La Habitación del Pánico.
Pero si le tengo cariño a su excesiva frialdad como cineasta es porque ha recuperado el noble arte de los títulos de crédito en sus películas. Si se escribiera un libro sobre Títulos de Crédito maravillosos, Seven debería figurar como el film que hace resurgir este arte que los amantes de las bandas sonoras amamos tanto: música e imágenes que predisponen al espectador.
La historia que narra Millenium I es magnífica: tiene tensión, tiene cierto ritmo decadente, tiene flashbacks, tiene acertijos y sobre todo, tiene con creces magníficos personajes. Y todo eso ya estaba en la primera película.
Lo que ha hecho Fincher es depurar personajes, reescribir alguna situación, enmarcarlas en decorados que difícilmente pueden ser más espectaculares que en la versión sueca y fundamentalmente, dirigir la situación mucho mejor que su predecesora.
Por tanto, si la historia es buena y Fincher lo hace bien... ¿Qué es lo que decepciona? Pues que no vale la pena. El director aporta oficio pero ningún cambio de estructura, ninguna sorpresa, ninguna escena que digas "guau, esto si que es mucho mejor". En realidad, lejos de hacer una limpieza brillante, lo que hace es tan sutil que es incoloro. Y si esa mejora es imperceptible, pues normalmente uno se queda con la cinta original. Por eso, por ser la cinta original.
Los personajes (los actores de la versión americana están desmesuradamente fantásticos: Craig, Plummer y Skarsgard) tienen menos dimensiones. Por decirlo de alguna manera en españolito: Salander deja de ser esa mujer que no sabes en lo que está pensando en la película sueca, para ser tener una personalidad mucho más definida, menos misteriosa y además, más correcta. Y eso, es malo.
Por otra parte, tengo la terrible sensación de que en la versión sueca las cosas estaban mejor explicadas. La importancia de la revista Millenium, muy bien explicada en la versión europea, queda relegada a un segundo plano en la americana. Ese pequeño refugio para periodistas enteros que quieren escribir y vivir el auténtico periodismo desaparece hasta el punto de que llamar a la película Millenium es una auténtica contradicción.
Por tanto, entre todo este caos que he escrito, quiero dejar claras dos ideas: la película americana es buena, incluso muy buena, pero no marca las diferencias con la europea, que también era muy digna. Y si nos ponemos más pijitos: esta versión está muy cuidada, con una planificación muy neutra para ser de Fincher, con mucho plano medio y primer plano, una foto fantástica y eso sí, una banda sonora absolutamente deplorable (que lástima de música. Sólo pensar en lo que podría haber compuesto un Howard Shore o un James Newton Howard con este guión... da una rabia).
Y a la hora de la verdad, se agradece una buena historia para adultos. Con personajes reales, con gente cincuentona, con mujeres y hombres con arrugas en el rostro, con bagaje... Me encantan las películas de superhéroes, de saltos y de zombies, pero no sólo de eso vive el cinéfilo.
PD: Empezar con este post tras el parón navideño ha sido complicado. En la recámara me gustaría hablar de los Globos de Oro de ayer, de la música de la saga Crepúsculo, tan hermosa y tan poco relacionada entre películas, de la actriz que ha denunciado a IMDB por publicar su edad... con el tiempo, todo se andará... Y de los Kennedy Center Honors, y de Glee, y de Fringe... joer, tantas cosas y tanto lío...
En estas Navidades, he vuelto a ver La Rodilla de Clara y El discreto encanto de la burguesía (que han aparecido de repente en Cinetube). Pero esto es una vulgar excusa porque a la hora de actualizar un poco el blog, la película sobre la que me apetece escribir es Misión Imposible 4, de Brad Bird.
Soy un fan de la saga que comenzó Brian dePalma por varios motivos, pero esencialmente porque me lo paso bien. Cada película es diferente a la anterior, llegando a la maestría de Abrams en la tercera parte. Y lo que ofrece son esos acabados perfectos tan complicados de ver hoy en día, que necesitan imperiosamente una fuente de palomitas gigante. Dicho de otra manera, Misión Imposible 4 me produce esas sensaciones que me producían las películas cuando tenía catorce años.
Para que nos entendamos: grandes secuencias (y cuando digo grandes, son grandes. Y el que la haya visto, que piense en la secuencia de la tormenta de arena); localizaciones exóticas con grandes planos generales y música local; elegancia suprema en el vestuario (si hasta yo, que soy miope con el vestuario femenino, me quedé alucinado con el traje verde de la foto); grandes efectos especiales invisibles, de esos que todavía te preguntas como diablo los han hecho (la respuesta sencilla es "con ordenador". La complicada es "Vale, con ordenador, pero... ¿cómo?")
Y con todo, Misión Imposible tiene personalidad. Que nadie la confunda con un producto de acción al uso. Las cuatro películas de la saga que hemos visto hasta ahora están dirigidas por verdaderos directores de cine. Y cada una tiene su encanto y su personalidad definida.
Es difícil hablar de Brad Bird porque la premisa de la que partimos es rara: esta es su primera película como director pero tiene tres obras maestras en su bolsillo: El gigante de Hierro, Los Increíbles y Ratatouille (y yo siempre he creído que Los Increíbles es cine superior). Por tanto, es un director de animación que hace su primera película real. Los críticos de las revistas, esa rara generación friki con la que no me llevo bien, lo tienen fácil a la hora de destrozar la película: Bird trata a sus personajes como dibujos animados. Sí, esto lo he leído. Lo que el crítico no sabe es que hay más "personajes" en Ratatouille o en Los Increíbles que en cualquier película media de los últimos tiempos.
Pero ser director de animación tiene sus ventajas: Misión Imposible acusa a un estilismo y elegancia envidiable. Da la sensación de que hasta el último cuadro del decorado de un salón ha sido tocado por Bird. Cada plano, un diseño perfecto.
MI4 es una buena película porque se toma en serio así misma. Como dice Giacchino, "no es cínica". No es una parodia del cine de acción, es cine de acción en el que sus personajes creen en sus personajes. Y Tom Cruise, como siempre: tan cienciólogo en la vida real y tan magnífico en el celuloide.
¡Ah, no! No es celuloide. Es digital. Y la vi en el cine adecuado (ver películas digitales en cines inadecuados es una experiencia desastrosa). La imagen, virtualmente, me comía, me atrapaba completamente en una pantalla de proporciones épicas y la imagen era cristalina como un espejo. Creo que en la tormenta de arena se me metió un grano en el ojo. Eso es el camino que debía seguir el cine, la calidad de imagen, el IMAX, cualquier cosa menos las 3D.
No es la mejor película del año, ni una experiencia religiosa, pero salí con el estrés de haber estado en tensión, de haber sentido vértigo, de haber recorrido parte del mundo y con unas ganas inmensas de tomarme una Coca-Cola. Y no le pido mucho más a una película de cine. Simplemente con que me haga vivir la vida de otros y no me tome el pelo como espectador, me vale.
Misión Imposible, para muchos cinéfilos, es una media sonrisa y un producto menor, pero es una película para tomarse muy en serio. Y a Brad Bird, también. Tiempo al tiempo, Bird está destinado a grandes proyectos.
PD: Michael Giacchino, en un año difícilmente superable, con obras maestras como la música de Súper 8, magníficas como Monte Carlo, o efectivas como Cars 2, se supera con esta película. Piel de gallina. Y los créditos del principio es la mejor versión del tema de Misión Imposible que he oído jamás. Si oyes esto y no tienes ganas de ver la película, me lo haría mirar...
Atención como entran las cuerdas en el segundo 14...