22 marzo, 2007

Treinta años sin musicales

No exagero. Por supuesto que se han hecho musicales maravillosos en estos últimos treinta años, pero el género como género prácticamente ha desaparecido. Gracias a Dios, para personas que amamos que un tipo de repente pare de hablar y empiece a cantar, ahora se ha puesto de moda llevar algunos musicales de Broadway al cine: Evita, El Fantasma de la Ópera, Rent, Los Productores, La tienda de los horrores... pero como musicales de teatro que sean un auténtico éxito como para adaptarlos al cine no hay tantos, me parece que es una moda pasajera.

Pero en estos años, hemos tenido verdaderos musicales cinematográficos que han valido la pena, e incluso algún momento musical glorioso en una película no musical.

Yo tengo mis momentos favoritos, como la caótica secuencia de la cafetería en Fama de Alan Parker. Una extraña fusión de música real y música grabada, en donde realmente dan ganas de ponerse encima de una mesa a bailar:



Y más que películas como Moulin Rouge, que dividen mi corazón entre lo maravilloso de algunas secuencias y una realización videoclipera que no me gusta nada, me quedo con secuencias como la del tren en Bailando en la Oscuridad. Sin duda, una secuencia maravillosa para una de las obras maestras de Lars Von Trier, el director de Europa.

Pero de todas estas secuencias, hay una que siempre ronda mi cabeza. Se trata de una de los números finales de Cotton Club. El gran (y tristemente desaparecido) Gregory Hines hace el papel de un famoso bailarín que va a ver el espectáculo de su hermano, que también es bailarín. En principio, se llevan fatal, pero con este número musical, olvidan sus diferencias. Absolutamente memorable. Esta película es una obra maestra, ¿todavía no la has visto?




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